En un despliegue sin precedentes de ingenio técnico y bajo un silencio sepulcral impuesto por decreto papal, el arquitecto Domenico Fontana logra hoy la titánica hazaña de erigir el colosal obelisco egipcio de granito rojo, tallado originalmente por orden de un faraón desconocido, posiblemente de la Dinastía XII, en Heliópolis, en el corazón de la Plaza de San Pedro. El tenso silencio de la jornada solo se vio roto por el audaz grito del marinero Benedetto Bresca, quien, desafiando la pena de muerte por hablar, ordenó mojar las cuerdas de cáñamo que amenazaban con romperse por la fricción, salvando así el monolito de 327 toneladas de un derrumbe catastrófico. Con este imponente izado, el Papa Sixto V culmina una obra monumental que no solo rediseña el paisaje de la Ciudad Eterna, sino que simboliza de forma definitiva el triunfo y la supremacía de la fe cristiana sobre el antiguo paganismo romano. (Hace 440 años)